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Decía Benedetti que cada lugar tiene su tiempo. Este libro abarca un período reciente que, en muchos casos, comienza a quedar lejos o a distanciarse lenta pero inexorablemente. Y no porque esa lejanía proceda de que muchos de los habitantes de la ciudad no hayan vivenciado algunos o muchos de los acontecimientos que recoge este documentado trabajo, sino porque la evolución de los tiempos está siendo tan rápida que muchas veces, incluso para los que los han vivido, se perciben con esa pátina irreal con la que los recuerdos van empañando el pasado. Así como toda imagen fotográfica va adquiriendo un aura epocal, constituyendo el testimonio de un instante irrepetible, casi mágico, el tiempo pone sobre las cosas su capacidad de extrañamiento y su inevitable aura. “El mar no tiene puertas”, dice nuestro refranero popular. En esta ciudad en la que parece escucharse la que Fernando Pessoa llamaba “a voz da terra ansiando pelo mar”, el sueño, la aventura son algunas de las formas de la distancia. Por eso, muchos de los sueños de los coruñeses, a lo largo del tiempo, fueron surcar las aguas en forma de hombres, mercancías, viajes, intercambios. Es ahora el mar del tiempo, con su arrastre y su resaca, el que nos convoca a la que Cunqueiro llama la escuela mayor del hombre: la nostalgia. Aunque él, que soñaba tres oficios que bien se podrían ejercer de manera óptima en nuestra ciudad (ser barquero, vendedor de cartas marinas en un puerto o pastor de vientos), solicitaba evitar la soturna melancolía, y gozar, por el contrario, del milagroso don de la sonrisa, equilibrando también la “gravitas” romana con la vagabunda fuente de los sueños. Clásico, mediterráneo y latino, por un lado; celta, atlántico y fabulador por otro, Cunqueiro proponía la melancolía de soñar la totalidad de los paraísos perdidos. Porque hay mucho de nostalgia en lo perdido. Mas se debe intentar recobrar. No es más hermoso el pasado porque ese Hispano-Suiza posando frente a la Torre de Hércules no nos vaya a pasear entre La Marina y Juana de Vega en una de esas deliciosas tardes otoñales que embellecen la ciudad. Y aunque es evidente que hermosísimas estampas, como la de la Playa del Parrote con un yate varado, nos fueron usurpadas, el tiempo ha de traer otras magias. La imagen de ese grupo de niños frente al calendario floral de los jardines, el 15 de octubre de 1957, sigue repitiéndose a diario. Y quién sabe si algún lector se reconocerá en alguno de los niños de aquella jornada. Como muchos otros coruñeses, o sus descendientes, que se llevarán la grata sorpresa de descubrir a los familiares o amigos en muchas de estas instantáneas. Por otra parte, deseemos que en la vida haya de aparecer siempre algún nuevo Alberto Martí que ascienda a los cielos de la fotografía -arriesgando el físico, si es preciso-, para hacer una foto del calendario floral, o de lo que sea preciso, como en esa instantánea en la escalera de los bomberos locales en la que él, uno de los mentores claves de estas páginas, ascendió a los cielos de la foto-verité un día del año 58, a la manera de esa “Escalera al cielo” de Led Zeppelin, que sube y sube hasta la musical epifanía final y su consecuente serenidad. Porque después del trabajo viene la calma. Y uno comparte la certeza de que algunos de los momentos de este libro, que han supuesto, además de un esfuerzo, quizás un cierto riesgo y, sin duda, una dedicación muy sostenida a lo largo de los años, alcanzarán ahora el sosiego y la calma necesarios para ser degustados. Por eso participo de la idea de que la labor iniciada de manera tan brillante por parte de Javier Hernández y de todo el equipo profesional y humano de Foto Blanco en el libro anterior, a partir del documentado archivo de la casa, y de tan cálida acogida por parte del público, tendrá una exitosa continuación en el que ve hoy la luz con los mismos auspiciosos deseos y la misma entrega apasionada, pues aporta además la feliz e innovadora idea de acompañarlo de un CD para el visionado de las imágenes en el ordenador, y de unas deslumbrantes panorámicas de la ciudad en la actualidad. Y que no sea la última aportación. Ese ejercicio de saudade que es toda inmersión en el pasado tendrá su compensación en el placer, en la información y en el conocimiento, así como en la satisfacción de la curiosidad tras haber contemplado muchas de estas entrañables imágenes. Nuestro deseo es que el lector disculpe nuestras digresiones, y establezca sus propias sintonías, intuiciones y derivas al iniciar su viaje por estas páginas. Decía Thomas Bernhard, el gran escritor austríaco, que el pianista ideal es el que quiere ser piano. El lector ideal de este libro es el que quiere pasear por las imágenes, realizando sus propias búsquedas y hallazgos, convirtiendo, como también deseaba Bernhard, el paseo en un arte mayor, a la altura de todas las demás artes.
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