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Ojalá sea un futuro culto, atlántico, europeo, cosmopolita y hanseático el que el presente esté a perfilar para esta ciudad abierta y moderna, anfibia y oceánica, de espíritu tan peculiar y poseedora de un aire y una luz tan indefinibles y singulares como los que han enfatizado analistas tan lúcidos como Martínez-Barbeito, González Garcés, Otero Pedrayo y otros muchos, incluídos ilustres viajeros y visitantes. Son esa luz y ese aire indefiniblemente atlánticos los que hicieron expresar al gran Cunqueiro, ya en 1951, en un hermosísimo artículo en el Faro de Vigo, una emotiva evocación lumínica, literaria y sentimental, digna de ser leída, ora en una de esas claras sombrillas que salpican hoy día alegremente las terrazas, ora en uno de esos interiores delicados y vermeerianos que recrean el fino encaje de la luz y la transparencia íntima de las galerías acristaladas, mientras del muelle, rumbo a otras aguas, se aleja la blancura de gaviota de un enorme transatlántico: “Ni agota el tema recordar cómo por veces en las marineras galerías de La Coruña remansa el ala de una aurora boreal y entonces se ofrece a los ojos deslumbrados del pasajero una luz que es, al tiempo, agua, fuego, cristal y viento. Yo me atrevo a pensar que no es en la gran pintura donde esta luz se encuentra ni la dejan volar hasta La Coruña las hermosas auroras boreales. Es la luz de las ciudades sumergidas, de los Avalones de la matière de Bretagne, de los palacios de ámbar gris y cristal de roca de las sirenas. Es la luz de los mediodías submarinos en los países que al fondo del Atlántico llevó la fantasía de antaño... Si yo hiciese propaganda turística de La Coruña anunciaría, antes que tanta hermosura, gracia, alegría y vida como esta ciudad encierra, el prodigio incomparable, el fabuloso regalo de tanta y tan extremada luz”. Con esos auspicios de una luz y un aura privilegiados, es lógico felicitar a Foto Blanco y a sus fotógrafos más referenciales a lo largo del tiempo por su labor dentro de la fotografía coruñesa y gallega. El libro es ahora ya un instrumento abierto en las manos del lector, en el que él hará su personal e intransferible viaje. Como “Rayuela”, de Cortázar, puede realizar su acercamiento de manera lineal, o haciendo los saltos pertinentes que se señalan a pie de foto para distintas cotas temporales de idénticas realidades. Lúdico y didáctico, informativo pero cultural, apto para el fotógrafo y el historiador, el documentalista y el arquitecto, el turista, el curioso y el ciudadano en general, es indudable que el presente libro ha de dejar muy hondas huellas en las retinas del tiempo y del recuerdo.
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