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Hay numerosos momentos en los que una ciudad como La Coruña puede emitir algún signo de epifanía, un latido de peculiar intensidad. Las calles empapadas, reflejando las fachadas, cuando la lluvia la sumerge como en el vientre de una inmensa ballena gris. Los días de nordés, en los que una luminosidad cegadora transparenta la atmósfera con un viento vigoroso y refrescante. Los tránsitos constantes de nubes y claros, de cénits resplandecientes y celajes cambiantes. Los atardeceres infinitos de junio sobre el Orzán. La entrada y la salida de los grandes trasatlánticos, o el constante ir y venir de los barcos en una bahía privilegiada. El reflejarse de los cielos y de la luz en las galerías de cristal. El recogimiento de una luminosa y sosegada Dársena mientras en el Orzán, o en la Torre, o en el Dique de Abrigo, bate el mar como un auténtico titán. Estas pueden ser algunas de las imágenes definidoras, entre las muchas que puede ofrecer una ciudad de tonos más bien blancos, contra las lejanías de las verdes colinas de las Mariñas circundantes, o los repertorios grises y azulados de las vastas perspectivas oceánicas más allá de la pétrea mole del monte de San Pedro o la península de la Torre, verdaderas quillas al mar. Una ciudad que parece, de día, por su enclave, un blanco trasatlántico posado sobre las augas. O, por las noches, cuando los dinámicos reflejos de las luces en la bahía se multiplican como una pirotecnia en la oscuridad, el inmenso puente iluminado de un barco.
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