|
Toda ciudad es un cosmos difícilmente abarcable para una sola mirada. Nuestra visión de ella quizás es un simple hilo en un complejo tapiz de enfoques diversos, incluso, a veces, de fuertes contrastes. Una ciudad es un continente cambiante, hecho de hombres y de calles, de acontecimientos y de épocas, de realidades y de aspiraciones, no resultando fácil la tarea de abarcarlo de una manera total.
Hay revelaciones posibles, perspectivas, iluminaciones de La Coruña o de algunas de sus realidades, acá y allá, en ocasiones muy logradas. Ojalá, algún día, surja esa visión literaria sinfónica, paradigmática -si eso es posible- que alguien construirá. Que, por otra parte, quizás no dejará de ser, por muy privilegiada que se presente, más que una nueva cala en el tiempo. Porque una ciudad es un arte de la fuga en constante espiral. Un poeta sevillano, muy dedicado a los temas de la hermosa capital andaluza, decía que una ciudad podía ser, “además de un conjunto o realidad material e histórica, una mujer, una cultura, un misterio, algo intangible e infinito”. Es cierto que cada ciudad constituye un cierto aleph, concentrando micro y macrocosmos en un espacio concreto. Y su grandeza o mediocridad se medirán por la densidad y calidad de vida que pueda llegar a ofrecer, a crear. De alguna manera, también, por la sintonía de su mirada con el horizonte, con los infinitos o posibles horizontes. Porque todo horizonte es un término pero también un llamamiento que nos reclama. Y las ciudades han de ser libros abiertos, cajas de resonancia.
|