Foto Blanco - el tejido de un tiempo y de un vivir
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El tejido de un tiempoy de un vivir

No tienen desperdicio, por su encanto, las presencias escolares. Esos niños que parecen salidos de una escena de “La lengua de las mariposas” en blanco y negro, en sus pupitres de madera, con sus hermosas vetas que posteriormente la formica habría de imitar, y esos tinteros de porcelana blanca que tantos jerseys y pantalones destrozaron, mereciendo para su usuario más de un cachete escolar o familiar... Porque Internet no había. Ni ordenador, claro. La pizarra sintetizaba todas las ecuaciones posibles de la pantalla. El mapamundi, el globo terráqueo, los iconos de la Victoria, y la foto del Caudillo, solían completar la desnudez del aula. 

Las vacas holandesas por las calles implicaban la evidencia de que no sólo la pérfida Albión nos comenzaba a colonizar con los flequillos y la música de sus melenudos e indeseables, sino que otros modelos productivos llegaban imparablemente. En este sentido, la “marela” autóctona se iba viendo obligada a competir, en un mercado que todavía no era tan global como el de hoy, mas comenzaba a despuntar su dura competitividad, con el cosmopolitismo vacuno de las frisonas, holandesas, suizas... y, si era preciso, locas. Pues cordura era producir: Desarrollismo, producción, ¡Marshall, Marshall!... Por eso no está aún lo suficientemente analizado el impacto de la llegada de la Coca-Cola, cuando todos los coruñeses hicimos largas colas para ir a visitar la Fuente del Tio Sam de la que brotaba el nuevo bebedizo, una poción mágica que no venía de la casi vecina aldea gala de nuestros parientes célticos Astérix e Obélix, sino de la aldea más global de los hijos de Búfalo Bill y Superman, y de la que decían que hacía maravillas en el paladar, sola, o mezclada con otras pociones igualmente mágicas.

Es normal que, bajo los eslogans del Desarrollismo, se formasen aquellas colas de ciudadanos ávidos de ser desarrollados. Como en la llegada de los primeros supermercados, que venían a desplazar al tendero tradicional, tal como comprobamos en las fotos de finales de los cincuenta del super de San Agustín, con las amas de casa perplejas frente a los estantes y, al fondo, el gresite ornamental. O como las largas caravanas de coches en salida probablemente dominical a las playas vecinas por el puente del Pasaje, cuando Las Mariñas comenzaban a ser edénica utopía para el chalet veraniego de las clases medias ciudadanas. Porque, por otra parte, cada familia iba disfrutando ya de su tele y de su utilitario, verdaderos y deseados Eldorados, tótems de auténtico ascenso social. Por eso, aunque en otra foto, a manera de contrapunto con la anterior, se nos muestre a los viandantes caminando por el puente del Pasaje tal y como podrían hacer por el pasillo de su casa o por una calle peatonal, la verdad es que el dinamismo productivo y la efervescencia automovilística tomaban las calles por asalto.

La visión de los niños jugando en los jardines todavía se repite actualmente. Es una grata estampa de la ciudad: cuando las tardes asoman su bonanza, aún en pleno corazón del invierno, los jardines y las plazas se llenan de críos para jugar. A pesar del estrés, y el tránsito, y la más trepidante condición actual, la imagen se repite, como la de los estorninos invernales. Lo que es evidente es que los juegos han cambiado. Y la mayor abundancia de nuestro momento con su derrochador “usar y tirar”, no posibilita realidades como la de esa clínica de muñecas, en “La Equitativa”, donde se hacían reparaciones rápidas y económicas que evidenciaban que el juguete era un bien, en aquel tiempo, mucho más escaso.

En el ámbito de las celebraciones, y de la vida social, y de esa mundanidad en la que la ciudad nunca ha sido parca, un sociólogo, historiador, antropólogo o mero observador curioso hallaría documentación abundante. Celebraciones, promociones, jubilaciones, efemérides... que constatan la condición social, grupal, generacional, amical del ser humano, que nunca es un Robinson, sino una criatura de la Polis. Celebraciones civiles, militares, religiosas... Con familias al completo, de las de antes, cuando solía participar la saga de las sucesivas generaciones en su totalidad. Fiestas de las sociedades recreativas. Puestas de largo. Inauguraciones de locales. Presentaciones de novedosas máquinas. Envaradas mantillas. Trajes angelicales de las primeras comuniones. Bodas de las de “para toda la eternidad”... Incluso, como exótico contraste, una fiesta brasileña, ¡nada menos que con Pucho Boedo y Los Trovadores!, que a uno le trae al recuerdo aquella reflexión de Manuel Vicent en “Tranvía a la malvarrosa”, cuando decía que uno de sus sueños en aquel tiempo era ser vocalista italiano, llevar un peine en el bolsillo de la solapa y enamorarlas con un bolero desde la tarima...

Un acontecimiento curioso -y promocional- es el de la entrega de la máquina Sigma. Por cierto, que la máquina de coser fue otro de los paradigmas de la época. No eran aún los tiempos de comprar todo hecho, ni a cien, e incluso, como en el caso de los juguetes, también se “restauraban” los desperfectos en la ropa, y no había llegado, todavía, arrasando y deslumbrando, el flaseo de Luada ni la eclosión en las pasarelas internacionales de la Moda Gallega. Pero no se diga que no se sabía de marketing en aquel tiempo. Porque pioneros los ha habido siempre, y no sólo en La Patagonia o California. El márquetin (¿lo adaptaremos así?) no es un invento de anteayer. Cualquiera puede comprobarlo en esa fotografía del comercio “La Palma”, que muestra en el interior de su escaparate un desfile con modelos vivos, ¡en 1953!, al que acudían desde aficionados a la moda a voyeurs esporádicos y ociosos varios.


Eran tiempos, sin duda, de grandilocuencia, de sacralidad, de “orden”. La columna tenía que ir tiesa. Bien puesta la “paletilla”. Sobre todo en lo ideológico y en lo moral. Si no, el que se ponía tieso era el palo. Claro que, al que era bueno, se le condecoraba, o regalaba nada menos que esa Sigma casi marshalliana, o se le enseñaba a aprender a leer en siete días, como en el caso de la anciana emigrante de una fotografía de claro corte social.

Frente a las condiciones actuales de trabajo temporal y contratos a tiempo parcial, muchos empleos solían durar toda la vida. Hay fotos, dentro de la variedad de registros del libro, que evidencian ciertas prolongadas dedicaciones laborales. Una especialmente notable es la de un ama de cría que llegó a trabajar nada menos que setenta años sirviendo -con el cuerpo, y suponemos que con el alma- en una casa, y de la que se ven dos momentos fotográficos de ese largo período temporal. Otra fotografía, de los propietarios del estanco en la Rúa Nueva, muestra cómo esa dedicación temporal, incluso a lo largo de generaciones de la misma familia, en un establecimiento, es relativamente abundante en una ciudad que tiene en el ámbito comercial, desde hace siglos, un claro motor de desenvolvimiento económico y social. Amarga imagen, por otra parte, la foto-testimonio de los dos niños, emigrantes ya tan críos, que perdieron el barco con destino a Venezuela. Clara realidad social de aquellos años de sangría migratoria. Un destino tan duro como las botas que calzan. Tan roto como el envoltorio del baúl. Tan gris como el aura que rezuma de la propia imagen.

Porque no todo era glamour en aquel tiempo en la que llamaban “pequeña Madrid” en parte a raíz de la presencia del “Caudillo” y de la corte de ministros con sus familias en la estación veraniega. Los consejos de ministros, los partidos de tenis y de golf, los paseos del Azor por la bahía, la pesca de truchas en el Eume, las galas y saraos oficiales, la bóveda vegetal y ajardinada hacia un soleado Meirás no eran sino una parte de aquellos tiempos del NODO, el Technicolor y las comedias de Alfonso Paso.

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