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Qué aguardan esas mujeres, en un ya distante 1895, ante el arco del antiguo edificio de la cárcel, en el Parrote, que muchos años después sería demolido? El mar -detectable al fondo- siempre creó un magnetismo de libertad. Y más en una ciudad que parece haber nacido o quiere sumergirse en las aguas. ¿Pero qué aguardan, esas mujeres, junto a la cárcel? Además de testimonio histórico de unas gentes y de un edificio que ya no existen, esa foto tiene un gran encanto a través de los planos sucesivos, con el perfil desvaído de las Mariñas de Oleiros al fondo. Es una de las que abren el libro. Como en los diversos planos que nos muestra, el nutrido conjunto de las numerosas fotografías de este volumen va, de pauta en pauta, revelando la vida de la ciudad. Si nos detenemos en otra foto de esa época, que representa unas niñas vendedoras de fresas, en una imagen de auténtica espontaneidad y dinamismo gráficos, ¿no comprobamos, también, además de la evidente muestra de penetración de lo rural en lo urbano, la constatación de un tiempo ido, de trabajo infantil, de ausencia de escolarización universal? Una estampa que nadie quisiera ver retornar. ¿Viéndola, algunos de los adolescentes que hoy día se definen como “objetores escolares”, no entenderán que, a pesar de las dificultades y el esfuerzo del ámbito escolar, la realidad puede ser más injusta y amarga, como aconteció en el pasado? Esas estampas, u otras semejantes, las han visto, en su día, la Pardo Bazán de “La Tribuna”; y el Pondal de la “Cova Céltica”; o Curros, que tanto amó aquella Coruña liberal, denunciando ciertas situaciones de explotación social. Y la propia Rosalía cuando habitó en la Calle del Príncipe. Y Murguía, con su intelección absolutamente decisiva para la comprensión de la Galicia de aquel tiempo, y que tanto alabó la ciudad, a tal punto que, décadas antes, en “El Museo Universal”, había llegado a afirmar, con un entusiasmo romántico de estirpe byroniana, que La Coruña se adentraba como un cisne entre las verdosas aguas del mar turbulento. Otra foto sumamente expresiva, y altamente simbólica de aquel tiempo, es la de esos autos que, en 1900, cuando el siglo va a despegar, en plenos Cantones, en un día festivo, nos parecen recordar aquella holywoodiense y disparatada “La carrera del siglo”, con un Tony Curtis deliciosamente diletante. Pues, ¿no constituye un poco, el automóvil, el paradigma de un siglo que iba a tener en la tracción rodada, en la eclosión urbana y en la idolatría tecno-productiva su utopía, incluso en estas periferias en aquel entonces todavía tan ruralizantes? Esos coches que casi parecen insectos traqueteantes, ¿no anunciaban ya el tótem de la nueva civilización? El insecto de Kafka ejemplifica la civilización contemporánea. Pero tanto él como este otro insecto, que pasa bajo las banderolas como si fuese a realizar una nueva cruzada futurista en plenos Cantones, coparon gran parte de la entomología imaginaria del siglo XX. Por cierto, ¿será escepticismo, o cansancio, lo que sienten esos dos caballeros maduros, a la derecha de la imagen, con sus canotiers decimonónicos, evidenciando, quizás, un tiempo futuro que no iba a responder ya a los modelos de lo que ellos vivieron y soñaron? Qué distancia, en todo caso, con los tiempos actuales, entre aquel Cantón provinciano, previo aún a la pontificación de Marinetti de que un automóvil de carreras era tan hermoso como la Venus de Milo o la Victoria de Samotracia, y el de hoy, más cosmopolita, con la presencia incesante del tránsito, los neones luminosos y los rótulos comerciales. Qué poderosos e imparables cambios. La Historia -esa extraña dama a quien nadie ha visto jamás- no corre ni deja de correr, quizás, pero es evidente que el vértigo de unos cambios cada vez más acelerados constituye el plasma cotidiano que nos alimenta desde que el hombre inventó, e idolatró, la Máquina. Por eso cuántos padres y madres actuales, viendo la simpática fotografía de esas niñas en los jardines de Méndez Núñez en 1900, no las considerarían el canon de lo deseable para sus hijos e hijas, creyendo –dentro de esa satanización y sentimiento casi apocalíptico que siempre otorgamos a la actualidad- que hoy los niños son más inquietos y agresivos, viviendo adictos a medios más perturbadores, y estando más fuertemente poseídos por lo que, pedantemente, en este tiempo de análisis comportamentales, llamamos “hiperactividad”. Estampa idílica la de esas niñas un poco tímidas, pero quizás seguras de agradar, de ser puntualmente correctas frente a la foto y a la consideración social que intuyen que de ellas se aguarda. Y no digamos, si de cambios hablamos, los que se han producido entre los antiguos entierros en carroza de caballos y los entierros actuales, sumergidos en el tráfico caótico y en el estrés ciudadano. O el abismo existente entre la hermosa e irrepetible presencia del Pabellón Lino, La Terraza y el Hotel Atlántico, y el vacío que dejaron en el capítulo de las pérdidas lamentables.
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