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Los espacios del vivir

Un capítulo para la nostalgia es la contemplación, por parte de quienes los conocieron, de ámbitos, locales, comercios, establecimientos que desaparecieron o que, en algún caso, trocaron su fisonomía de manera radical. Un ejemplo es la toma, de noble empaque y simetría perfecta, del mencionado estanco de la Rúa Nova, que recordará a muchos los habanos que se fumaron, y los Chéster, y a algunos, aquellos Celtas sin filtro que popularmente se llamaban “Chéster obrero”, pues el otro, el americano, era el de los señoritos. Incluso, a muchos de los que en aquel entonces eran todavía unos mocosos, quizás les venga a la memoria el amentolado con el que se iniciaban a escondidas de sus padres, y por el que más de uno ha debido recibir alguna que otra “caricia” no deseada, pues no habían llegado todavía los tiempos de una pedagogía más sosegada y liberal, y la auctoritas no se andaba precisamente por las ramas. 

Otra foto que ejemplifica la época es la del personal del restaurante Fornos, en el año 48, que tantas ansiedades gastronómicas habrá saciado. O la de El Rápido, realizada con motivo de un homenaje al cronista Luis Caparrós, cuyo escaparate ya Luís Seoane consideraba, en las audiciones de radio bonaerenses de “Galicia Emigrante”, de una lujuria visual fuera de lo común, como preparado para que un artista dotado realizase una verdadera naturaleza no muerta, sino extraordinariamente viva, por su barroquismo y exuberancia. Se puede ver también la sala Negresco, donde tantos coruñeses celebraron el banquete de sus nupcias. O algunos ultramarinos, como el Kessler, que, como tantos en la época, exhibían a veces algunas delicatessen que resucitaban a un difunto, y no digamos en el año 42, de cainita recuerdo. Deliciosos ultramarinos, de los que casi sólo queda actualmente, entre algunos otros, el impagable de Aniceto Rodríguez, que cumple además el benefactor cometido de alimentar la vista y hacer suspirar a los viandantes que pasen hoy día por el ecuador del Cantón Pequeño donde está ubicado.

Gran encanto encontrarán muchos lectores en esa visión hooperiana del exterior del bar La Mezquita, nimbado con una luz de cine de la época, y una serenidad nocturna e irreal. Más dinámica, incluso dramática, es la fotografía de la cafetería Lardy, que un buen día del año 60 Alberto Martí captó en una oportuna instantánea que lEn la vida hay momentos de disfrute, en los que uno puede ir a contemplar una carrera de Vespas, pero también en los que puede cruzarse con un entierro por la Calle de San Andrés. Momentos de bailes y de fiestas, y momentos de trabajo, duro trabajo. Como en la foto de las mariscadoras de la ría del Pasaje, que quizás a más de uno le recordará la falda remangada de la portentosa Silvanna Mangano en “Arroz amargo”.

Monaguillos en el altar, la descarga del patexo, la subasta de la lonja, las barcas de los mariscadores como insectos en la ría, las cigarreras, las pescadoras en el muelle, los vendedores y repartidores ambulantes, los administrativos de la Banca... Y los carros con piñas entrando por la Avenida de Alfonso Molina; y los pintores de la señalización vial haciendo, a mano, los puntos suspensivos de la Avenida; e incluso el alfarero pregonando la mercancía: todo un mundo de trabajos. A veces, captados en un momento de relax, de breve descanso entre la labor, como esos marineros comiendo en la cubierta del barco, en compartida camaradería.

Hay quien, para ganar el caldo, ha de hacer funambulismo, como los tendedores de los hilos telefónicos. O quien, al ver los contratos astronómicos del fútbol actual, habrá de sentir forzosamente que se equivocó por unas décadas a la hora de venir a este mundo canalla: como el futbolista Chacho, espléndido jugador internacional, trabajando de oficinista en la empresa de Gas y Electricidad, suponemos que en la imposibilidad de imaginar (a menos que le ayudase alguna bruja, que haber las hay...), si rendirían tanto como él en el campo Rivaldo y Zidane si tuviesen que currar en otra profesión toda la santa semana...

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