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Pero no es sólo historia en nombres propios lo que se nos cuenta. Como en un prisma de muchas caras, el degustador de este libro disfrutará de los cambios que en las costumbres y en las vidas se han ido operando a nivel cotidiano. La vendedora de castañas, con su carrito, por fortuna, continúa presente en nuestras calles. Y uno puede pasar, en el otoño o en el invierno, por la Calle Real, o algún otro enclave, y llegarle en el aire un aroma a país de castaños y antiguos magostos rituales. Y aunque falte la buena compañía del mosto con su aguja solar, por pocas monedas, con un cucurucho calentito en la mano (que, si no hay guantes, cumple también importantes funciones térmicas colaterales, a pesar de no ser esta una ciudad de intempestiva climatología) cualquiera se puede convertir por unos momentos en un ciudadano feliz, en un paseante satisfecho y alimentado, que incluso, si se tercia, y posee ese espíritu de comensalía y peripatetismo aristotélico propio de la ciudad, puede llegar a convidar. Lo que sí ha desaparecido ha sido el “fotógrafo minutero”, que, en el caballo, podía hacer una instantánea verdaderamente épica, o, en el puerto, posibilitar el último recuerdo para los familiares de los emigrantes que zarpaban. La prosapia de los nuevos tiempos fantaseó, entre otros inventos, el fotomatón, que no mata propiamente, y es sin duda útil, pero al que hay que mirar con una fijeza tal, que uno cree que va a salir, como de la mirada de la mítica Medusa, petrificado. Tampoco se ve ahora la estampa del denominado, en la época, “coche cacharro”, como la de esos chicos de buena familia que posan al volante a la manera de un James Dean no propiamente inadaptado, mientras el trabajador, boina en ristre, se ve obligado a pedalear por la Calle de San Nicolás como Indurain en los Alpes. Ahora esa estampa juvenil tendría más bien una formulación en clave de moteros en Harley o Yamaha, de yuppies exitosos en descapotables triunfantes, o quizás de tropa progre o sport en el Escarabajo Wolkswagen, del que por cierto Foto Blanco nos deleita con un hermoso ejemplo frente a una panorámica Santa Cristina antes de la brutal y especulativa intervención. No es fácil tampoco ver, ahora, organilleros. Y menos que posen con ese hieratismo sagrado y sobrio de las gentes populares. En todo caso, músicos ambulantes no faltan en nuestras calles hoy día, o grupos con la alegría y la saudade del Altiplano, ni pequeñas orquestas de los países del antiguo mundo socialista, o algún violinista solitario, e incluso algún chispeante gaitero, como un flautista de un Hamelin ambulante... Claro que en el libro no faltan -cómo podrían faltar- los gaiteros. Ni el afilador, con su estampa errante, aunque hoy se pueda también escuchar muy de vez en cuando la siringa de pájaro de algunos que, ahora mecanizados, itineran todavía mundo adelante. Ni falta el reparto del hielo, que en tiempos distribuía el carro de caballos. Por cierto que, para el espectador curioso, hay una toma en la que llueve sobre mojado: la nieve sobre el carrito de hielo, en dickensiana estampa. No se ven tampoco hoy día las vendedoras ambulantes de ropa usada. En la actualidad, son inmigrantes africanos los que generalmente venden chales, foulards y otras prendas importadas, de un colorido tan vivo como un pájaro tropical. O se instalan, ahora, en algún barrio, o calle, una especie de mercadillos, con vendedores ambulantes, o se llenan las calles con sus toldos, cuando llega la Navidad. Claro que la venta callejera siempre ha existido, y existirá, como en las fotos de esos entrañables vendedores, que vemos en las calles céntricas, intentando convencer a los escépticos turistas de las virtudes de sus mercancías. Que las tenían, porque, incluso para los escépticos, una golosina siempre es agradable. Y los encajes de Camariñas son un milagro difícil de superar. Y qué abarrotado iba el barco de Santa Cristina en la que sospechamos una mañana de festivo estival, cuando el nordés entra en allegro sostenuto y limpia de nubes la atmósfera de la bahía, creando un azul centelleante que es la mejor tarjeta de presentación de la climatología local. Día Guiness en la recaudación, suponemos, de una travesía de la ría que, por fortuna, sigue existiendo en la actualidad. Que no retorne, desde luego, ese tiempo de mises envaradas ni esos multitudinarios partidos de fútbol femenino, que parecían presentar un cierto morbo para la contemplación de una geografía corporal que la pudibundez de la época mantenía tan clandestina como la política a los partidos de la oposición democrática. Y que no sirva de coartada demagógica afirmar que con esas prácticas la mujer alcanzaba nuevos ámbitos de actividad social... Y no se diga tampoco que en la época no existían políticas de alcance “social”. Como la entrega de la medalla al trabajo a una cigarrera anciana. O la participación de una nieta de Franco, en pose de auténtica Marisol, en un acto en el sanatorio de Oza. O la existencia de la Tómbola de la Caridad, presencia veraniega de la época, con sus boletos de la suerte, que, si uno no recuerda mal, daba de premio extraordinario un coche. ¿Sería un Seat 600, esa liliputiense encarnación del minimalismo rodado? Ah, cómo lo evocaba todavía, en tiempos predemocráticos, Moncho Alpuente, en una canción entonces popular: “Adelante, hombre del seiscientos, la carretera nacional es tuya...” Pasaron canciones, evolucionó el dial, la tele en blanco y negro se tornó color, la telefonía móvil sustituyó a aquellos teléfonos negros de grave severidad. Y periclitaron también eslogans, como el nada machista y casi políticamente correcto de “Lejía El Herrero, lava la señora, lava el caballero”. Pero todavía, si nos fijamos bien, en el anuncio de un trolebús de dos pisos, podemos leer aquello de “Omo lava más blanco”, mientras el gran vehículo realizaba su vuelta de fin de trayecto en un mercado de Monelos impregnado de encanto y de soledad invernales. Como imágenes muy de época, es muy hermosa también, entre otras, la fotografía del aguador, en 1903, en Linares Rivas, en la zona de los muelles. O la de las lavanderas del Birloque, en una zona que aún no había sido absorbida por la ciudad. O la de la inauguración del tranvía eléctrico, en 1913. O la del público ávido de novedades, frente al escaparate de Foto Blanco. Y esa visión del fotógrafo Ferrer con su familia, cesta de la merienda en mano, como en una evocación victoriana o en un cuadro impresionista a la manera de Monet o Renoir. O la insólita de las tres monjas, como tres gaviotas blancas, contra el fondo de las galerías de La Marina. Sin olvidar la pintoresca del guardia urbano recibiendo el aguinaldo de Navidad por parte de un representante de Nescafé, con un biscootter al fondo, estacionado. Y chapeau, chapeau total, sin duda, a esa entrañable, costumbrista, deliciosa y casera foto del pintor dentro del Seat 600, en la Dársena. ¿Quién da más?
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