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En definitiva, a través de esta amplia documentación, la retina puede contemplar las mutaciones de un mundo que pasó de las aguadoras de Santa Catalina a la moderna Compañía de Aguas que la ha canalizado desde el embalse de Cecebre. Del mercado de ropa en el Campo de la Leña a la eclosión de los comercios actuales y de las grandes áreas comerciales. De los evocadores ultramarinos, con sus coloniales, cajas circulares de arenques o generosas hojas de bacalao en el escaparate, a los supermercados de mercancías largamente alineadas en estands. Del humilde hidroavión posado como una inmensa gaviota metálica en la Dársena al tráfico aéreo constante de Alvedro. De la carrilana de unos tiempos a lo Casa de la Troya al Castromil aerodinámico y marcadamente azul por la autopista de Santiago. De los niños con boina y largos pantalones cortos, a los chavales con walk-man, patines y visera de beisbol americana. De los cartelistas y rotulistas casi caseros y románticos a la explosión de los rótulos luminosos actuales o a esa triste inflación alienante y vulgarizante de las pintadas a spray. Largo, profundo cambio histórico y social. Tan grande como el que hay entre las damas decimonónicas, de larga palidez facial, y de las púdicas y recatadas casetas de Riazor, que otorgaban a la playa un aura de balneario secular, al liberal y vitalista top-less actual, al exhaustivo bronceado y a las lúdicas y festivas piruetas del wind-surf actual. Este libro es, pues, un documento. Pero también un artefacto para comprender el entorno. Para soñar. Para ver la evolución, a lo largo de un siglo extraordinariamente dinámico, de una ciudad, de un entramado humano y social. Todo cambia pero todo permanece. Tanta razón tenían Heráclito como Parménides. La ciudad es la misma -¡y tan diversa!-, a lo largo del tiempo, como un río borgiano. Eso no deja de producir la constatación melancólica de que todo pasado es irrecuperable. A las personas de mayor edad, este libro les traerá muchas alegrías pero también un eco de melancolía. A los más jóvenes, un mundo de sorpresas y de descubrimientos reveladores y determinantes de su percepción de la ciudad. La vida tiene un sabor agridulce. Nada retorna. Sólo gracias al testimonio de las imágenes que fijaron las retinas del tiempo en el recuerdo, recobramos el tiempo pasado. Mientras el recuerdo exista, el pasado, de alguna forma, perdurará. Estará salvado. Porque quizás muchos lectores, atraídos por el efecto ineludiblemente nostálgico que suscita la poderosa ensoñación que poseen las viejas imágenes, tiendan a demorarse más en las que evocan el pasado y sus fecundos cambios. El presente lo tienen más cerca. Aunque el libro les posibilite también un mirar más distanciado de ese presente inmediato. En este sentido, quizás puedan constatar la hermosura, la proporción, el sentido de orden que tuvo esta ciudad y que conserva en algunas de sus zonas más privilegiadas. El llamado progreso no es siempre un continuum lineal. A veces, nuestros antepasados crearon retos y referentes difíciles de superar. Qué gran momento el de las galerías. Qué cultura arquitectónica y urbanística. Y ciertos momentos del Ensanche, ciertos tics racionalistas, ciertas incursiones en el Movimiento Moderno, qué sabiduría ciudadana conllevaban.
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