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Pero hay muchos otros deliciosos registros. A los analistas del progreso les encantará encontrar una instantánea de la avenida de Linares Rivas en la que conviven, como en un puzle histórico en acelerado cambio, el transporte de caballería –el de carga, e incluso una romántica calesa-, la energía ecológica y no contaminante del pedal, el tranvía, el automóvil... y el coche de San Fernando, esa sana y económica actividad de ir un poquito a pie y otro poquito andando, que siempre se ha estilado tanto –y del que se presume en una ciudad paseante y paseable- entre los peripatéticos coruñeses, que si antes lo hacían por Los Cantones o la Calle Real, hoy día ampliaron esos horizontes al largo periplo circunvalante del Paseo Marítimo actual, que reabrió la ciudad al mar. Pero, además de otras fotos que registran la presencia de los melancólicos burros de carga que transportaban productos fundamentalmente agrarios del extrarradio, o de la estampa céltica y solar del carro de bueyes en el puerto o en pleno centro de la ciudad, y de esa famosa Carrilana saliendo con su larga recua de animales y la dinámica música del trote en plenos Cantones, camino de Santiago..., a los aficionados al parque automovilístico les agradará encontrar todo el repertorio del siglo. Desde los antiguos vehículos, solemnes como embarcaciones, elegantes y únicos, propios de un tiempo en el que el automóvil era un signo por excelencia elitista y metropolitano, hasta los inolvidables Seats 600 –esos bonsais de la carrocería rodada- y los marineros Dauphines, alegres y alargados como los delfines, pero a los que la crónica de sucesos de la época bautizó como “el coche de las viúdas”, de tanto como su tracción salía por la tangente, a la manera de ciertos maridos descarriados, en aquellos tiempos en los que la situación social discriminada de la mujer no le permitía, salvo en contados casos, su presencia al volante. Otra estampa a no olvidar, de época, es la de la larga letanía de los taxis aparcados, solemnes en su espera cantonal, esbeltos y elegantes en su oscura y acharolada severidad. Todo un cambio fascinante de la tracción muscular o animal a los combustibles fósiles. Eso en cuanto a los transportes terrestres. Porque, si del mar hablamos, el tránsito es de la energía eólica de los veleros o de los rítmicos émbolos de los vapores a los grandes mercantes, trasatlánticos o superpetroleros de hoy, o de la flota modesta y artesanal de tiempos pasados a las tecnológicamente renovadas de Bajura o del Gran Sol actuales. No extraña, por tanto, ver las antiguas embarcaciones llamadas “tarrazas”, en la terrosa explanada de La Palloza. Por cierto que, de ese tiempo, perdura una imagen hermosa y emblemática de una barca transportada por el antiguo Cuatro Caminos, una de las estampas que mejor definen el pasado de la ciudad: la del barco circulando con la misma lentitud y majestad de los tranvías o de aquellos trolebuses de dos pisos que, importados de Inglaterra en las penurias de la posguerra, vinieron a morir, como en su día algunas tropas de Drake, con la grandeza de majestuosos paquidermos, posibilitando la alegría de los más críos – y no tan críos- que disfrutaban de las variadas y largas perspectivas urbanas u oceánicas desde la altura privilegiada de su piso elevado. Estampa ciertamente ida, como la de los viejos carromatos de tres ruedas que el viandante nunca comprendía cómo no se destartalaban en una curva con el cargamento de ladrillos, coliflores o patatas. Que incluso, sea en las fachadas de los edificios, o en los laterales de los transportes, una mirada atenta a estas imágenes, descubrirá rótulos y anuncios que, de alguna manera, forman también parte del bagaje evocativo temporal: un largo camión anunciando las galletas Fontaneda, un tranvía con el Vermouth Caballo Blanco, el rótulo de Marconi, las tabletas contra el dolor OKAL, el anuncio de las bombillas OSRAM... Y todo esto en calles y plazas que, si a veces se nutren de ese espíritu alegre y viandante, hedonista y extrovertido, flâneur y bon vivant, de los coruñeses, en otras se presentan con el vacío metafísico de los cuadros de De Chirico. Calles y plazas que al urbanita duro, imparable y convulsivo de hoy le parecerán el Desierto de los Tártaros, pero que a otros de vivir más remansado les rescatarán el recuerdo de un tiempo en que el automóvil no era todavía la esfinge imperativa de las ciudades, y caminar por la calzada poseía un encanto casi rural. Porque en muchas de estas estampas, y en la crónica global del libro, se intuye la evocación transitoria e imparable del tiempo a través de esa constelación cambiante que es una ciudad. Así es como, en numerosas instantáneas, percibimos como era aquella antigua Coruña, urbana y culta ya cuando menos desde un XVIII proyectivo, ilustrado y auroral, pero también con una evidencia artesanal, marinera y rural, en tránsito hacia una ciudad en constante crecimiento, proyección y cambio. De esa antigua condición artesana dan fe tanto los nombres de las calles que desde el medievo rotulan el Casco Antiguo o Ciudad Vieja, como estampas más actuales tal la del ilustre Círculo de Artesanos, clave en la evolución cultural y social de la ciudad. También se puede observar esa condición popular en la visión de la calle de San Roque, en la que se ve la entraña geológica y rocosa sobre la que se edificaban algunas de las humildes casas de la arquitectura tradicional, como hemos visto en instantáneas marineras del histórico fotógrafo gallego Xosé Suárez. Hay actividades que arrastró el tiempo en su cambio incesante: el depósito de tejas en La Marina, los carros de bueyes cargando mercancías en el puerto, las labradoras entrando con los petates en la cabeza, la venta de ajos en la Avenida de La Marina o la de ropa en el Campo de la Leña, las “mandadeiras” que cargaban los equipajes en el Puerto, o la presencia plein air de un limpiabotas en la Rúa Nova, precisamente frente a un salón de limpieza de calzado.
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